jueves, 21 de febrero de 2013

Al Palo


El dulce de leche – las empanadas – la birome – el bondi – el tango – el lunfardo – el chorizo (sí es español. Bueno, pero el choripán sí) – el asado – Maradona – la mano de dios – la mas larga – la más ancha – las minas mas lindas.

Hoy fue un dia productivo, en todo sentido, y no fue por un nuevo caloventor. Ni por el GPS que descubri que tiene mi celular (que contribuye a que ya no me pierda más), ni al chocolate Lindt que encontré que venden por un pound y me sube las endorfinas.
Descubrí que la tristeza que siento últimamente muy a menudo,  sirve. Está haciendo lo suyo. La soledad terrible que siento a veces, y la falta de alguien con quien compartir mis sentimientos, lo empeora (lo cual me acabo de dar cuenta que forma parte del concepto de “soledad”).
No es que me pasen cosas terribles. Pero la falta de un colchón afectivo hace que cada cosa, buena o mala, resuene más, mucho más, amplificando sus efectos sobre mi sistema nervioso central (creo). Nada amortigua los efectos de los pequeños sucesos cotidianos. Si tuve un dia mas o menos bueno, me siento feliz, muy feliz, rozagante. En cambio, si tuve un dia masomenos malo, o simplemente no tan bueno, es terrible y siento como si se acercara el fin del mundo. Bajó-bajón. Esto lo que en mi tierra se llama “vivir al palo”. Y no es la argentinidad, precisamente.
Hoy encontré acá en Leeds una argentina, como yo, que vino hace dos meses a probar suerte. Habría que ver qué onda en Baires, pero con la distancia, las saudades y la resonancia amplificada por la falta del colchón afectivo que les dije, se siente como si hubiera encontrado una hermana perdida. Y me dijo algo revelador: “Siempre es muy bueno viajar un tiempo, pero para los argentinos, más que bueno, es fundamental”.
“¿Por qué para nosotros más que para otros?”, le pregunté.
“Y, para bajarnos un poco del poni, nos creemos muy superiores en todo”.
Claaaro, esta sí que tiene razón. Necesitaba que alguien dijera por mi lo que de algún modo venia intuyendo,  pero no podía formular claramente, ni entender que era algo que no me pasaba solamente a mí solita. Pero no, es un padecimiento nacional. El no poder parar de hablar de Argentina, tan grande y tan linda, y de lo buenos y zarpadamente piolas que somos, más los porteños. Y, esta sí, es la argentinidad al palo.
Así que bueno, por eso digo que está siendo productivo. Marina, desterrada, puede pensar sobre su condición cultural de argentina. Pero necesitaba que otro se lo marcara. Alguien muy groso e inteligente. Y quien iba a ser, sino una argentina.



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