--¿Usted me quiere decir,
señor de cabellos claros, que si cambio mis
lamparitas por unas de bajo consumo (procedimiento que igual ya implementó nuestra
señora presidenta de Argentina, que de marxista creo que tiene poco y de
autonomista, menos); que si además camino desde mi casa al trabajo en vez de
usar el auto (que pueden llegar a ser como 13 kilómetros en la megaciudad donde
vivo); y que si elijo comer lechuga en
vez de vaca; que si hago todo eso voy a cambiar el mundo?
--No, por supuesto que
no --Me dirá él (no voy a poner nombres por las dudas).-- No basta con que lo
hagas tú sola, deberás hacerlo tú, con los tuyos, en comunidad.
Tomo como ejemplo la
fotografía que el libro muestra. Él y los suyos abrazados en un lugar que pinta
campestre. Si me voy a la montaña, se me ocurre que el Uritorco podría andar
bien (tendría que formular la pregunta en la próxima sesión de nuestro
encuentro profesional en el marco del programa de estudios de posgrado), si me
voy a las afueras y practico meditación trascendental, yo y mis 15 amigos, 100
pongamosle, o un millón si fuera Roberto Carlos. Y además todos hacemos una
dieta rica en lentejas y porotos, y nada animal ni vegetal que dé más de 2 cm
de sombra. Reuniendo todos esos requisitos estipulados en la guía de cómo
cambiar el mundo radicalmente en pocos pasos, ¿puedo cambiar el mundo posta? ¿Viene
con garantía ante eventuales fallas?
Cierto, fue un regalo…
Y a caballo regalado…
Bueno, con este
regalo, este librito amarillo y sus pautas bien didácticas y con muchos
dibujitos, ¿se puede terminar con el
hambre?, ¿las injusticias?, ¿la trata?, ¿el trabajo semi-esclavo? ¡Como no se nos
ocurrió antes locoo! ¡Porque somos latinos perezosos y preferimos andar de
juerga que pensar! Menos mal que vine a estudiar al primer mundo, acá me
enseñan posta…
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